En el contexto del ciclo de Viernes de Cinexpectativas, En movimiento, presentamos la reseña sobre Los dioses deben estar locos que hace Christian Moreno Pineda, estudiante de Filosofía y prestador de Servicio Social de Capilla del Arte UDLAP. La mencionada cinta será proyectada este viernes 30 de mayo de 2014, a las 6:30 p.m., en el foro central Capilla del Arte UDLAP -2 Norte 6, Centro Histórico de Puebla-. La entrada es libre.

Los dioses deben estar locos (Gods must be crazy) (1980)(2001)

DIRECCIÓN
Jamie Uys
GUION
Jamie Uys
FOTOGRAFÍA
Robert Lewis y Buster Reynolds
MÚSICA
John Boshoff
PRODUCCIÓN
Jamie Uys

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Los dioses deben estar locos es una comedia escrita y dirigida por el sudafricano Jamie Uys en 1980. Originalmente la producción fue financiada por el gobierno de Sudáfrica, pero debido al embargo internacional presente en la década tuvo que distribuirse como una cinta de Botswana. A pesar de su bajo presupuesto, el éxito alcanzado tras el estreno –y su lanzamiento en videocasete en Estados Unidos por la CBS/Fox en 1986-  trajo consigo una serie de cuatro secuelas.

La cinta incorpora tres historias diversas que de forma libre y ocasional terminan por converger; la primera –y principal- comienza cuando Xi, un miembro de los “Hombres de los Arbustos” -una tribu que habita el desierto del Kalahari- recibe un regalo inusual de los dioses: una botella de Coca Cola. Para él y los suyos este objeto desconocido despierta gran interés al tratarse de un material completamente desconocido, pero pronto la botella se convierte en objeto de discordia, por lo que Xi decide iniciar una travesía hasta el fin del mundo y devolverla a los dioses. En su travesía Xi conoce al naturalista llamado Andrew Steyn y a una profesora sudafricana llamada Kate –protagonistas de la segunda historia- y por ultimo al revolucionario comunista Sam Boga que tras un atentado al gobierno de Ken –una república ficticia- inicia con la tercera historia.

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En el film resulta sensible el uso de la botella de Coca Cola como referencia a la expansión –y violencia- de los procesos civilizatorios dentro de una cultura virginal, así como las complejidades conceptuales generadas en el encuentro de dos culturas sin medidas comunes; también resultan evidentes las referencias a la disolución de la comunidad que acompaña la mayoría de los movimientos de modernización –movimientos impredecibles e incontrolables como “un automóvil sin frenos”-.

Sin embargo, nos parece que este no es un film que proyecte sus intenciones más allá del entretenimiento. Su fuerte reside en la sobria combinación de la comedia física tipo slapstick –cercana a la de los hermanos Marx- y su peculiar montaje, el cual está basado en la acumulación de un máximo de movimiento, es decir, se yuxtapone una cantidad enorme de planos que por sí mismos ya incorporan movimientos múltiples, creando un ritmo más mecánico y menos fluido, una totalidad sintética de movimientos independientes unos con los otros, que pueden parecer torpes o descentrados.

Pero hace falta verla para entender su peculiar composición de movimiento, un uso casi exclusivo de planos medios y generales que por obvias razones imprimen un rito más lento a las imágenes que es después compensado con la aceleración del motion o movimiento, respetando la premisa: “la percepción dispone del espacio de la misma forma que la acción del tiempo”.