El año de las reformas y de la crisis de confianza

Doctor Jorge Gamaliel Arenas Basurto Profesor – Investigador del Departamento de Relaciones Internacionales y Ciencia Política

Doctor Jorge Gamaliel Arenas Basurto
Profesor – Investigador del Departamento de Relaciones Internacionales y Ciencia Política

Sin temor a la exageración, el 2013 es recordado por todos como un año muy inquietante en medio del frenesí de reformas impulsadas por el estado y aprobadas finalmente por el Congreso. En este proceso, la coalición de partidos del llamado Pacto por México jugó un papel central en el que los cuerpos legislativos, a marchas forzadas y trompicones, aprobaron varias reformas de fuerte impacto para el México actual. Más allá de los diferendos y acuerdos que las principales fuerzas políticas hayan tenido con respecto al paquete de reformas —en particular la energética— estas plantean reflexiones necesarias sobre la pertinencia de los cambios propuestos y los escenarios de éxito o fracaso previsibles para el conjunto de propuestas de cambio.

Para quienes han estudiado con seriedad el asunto de las reformas en las ciencias sociales, es claro que gran parte del éxito y de los resultados de las reformas dependen históricamente de tres factores esenciales: la extensión, la profundidad y la afectación de los valores arraigados. Aquellas reformas que se propongan modificar amplios sectores o espacios de un campo determinado de la acción social, o aquellas que intenten modificar formas institucionalizadas y regulaciones aceptadas y que impliquen un cambio profundo en los valores comúnmente aceptados por los implicados en los procesos, serán justamente las reformas que en el camino enfrentarán más resistencia de quienes se supone debieran apoyarlas. A manera de ejemplo, los profesores sindicalizados y sus continuas escaramuzas de resistencia en varios estados de la república.

No está por demás recomendar prudencia a los que celebraron ruidosamente el éxito de “los 120 días de Peña Nieto que cambiaron a México”, y recordarles que las auténticas reformas no se consuman solo en el papel por mucho que se borronee y reescriba la Constitución. La parte más difícil es justamente la implementación y es aquí donde surgen dudas razonables sobre la capacidad del estado para habilitar las transformaciones en concertación con la sociedad. Las dudas brotaron cuando se analizaron fríamente algunos datos que revelan la desconfianza de los mexicanos en sus partidos y su gobierno.

El informe del 2013 de la reconocida publicación Latinobarómetro indicó que menos de 50% de los mexicanos aprueban la gestión del gobierno que encabeza el actual presidente y, además, México está entre los países más insatisfechos con su democracia. Por otro lado, casi la mitad de los mexicanos (45%) opinaron que pudo haber democracia sin partidos. Estas crudas evidencias apuntan a dudas razonables sobre la aceptación de los ciudadanos a las reformas aprobadas por el Congreso. Por tanto, más vale que los legisladores y el estado no desestimen que la desconfianza de los ciudadanos pueda constituir un serio obstáculo para el desarrollo y aplicación de las reformas.

Finalmente, si de reformas se trata ¿por qué no se ha impulsado con el mismo ahínco una reforma que garantice efectivamente y sin tapujos la transparencia y la rendición de cuentas de todos los servidores públicos, de los legisladores y de los partidos políticos? ¿O por qué no una reforma de fondo que garantice una vida digna a los mexicanos (quizá no como la que gozan con sus emolumentos los diputados y senadores porque el país se iría a la ruina) que repare el indecoroso salario mínimo que abate a la mayoría de los mexicanos? Estas son reformas de gran calado que guardan profunda relación con la desconfianza ciudadana y que carcomen sin duda la calidad de la democracia mexicana.

Por: Doctor Jorge Gamaliel Arenas Basurto

Profesor – Investigador del Departamento de Relaciones Internacionales y Ciencia Política

Editado por Adriana Ramirez Garcia

 

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