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Mtro. Martín Sánchez Camargo, martin.sanchez@udlap.mx

Coordinador del Área de Primera Lengua de la UDLAP

¿Por qué no tenemos en México, además de un plan nacional de lectura, una estrategia similar que sirva para estimular la valoración social de la escritura? Mi hipótesis es muy sencilla: la lectura es vista como un acto pasivo de recepción para el cual se puede entrenar al individuo para extraer el significado básico de un texto, pero la escritura se reduce todavía más a un plano en el que, quien escribe, sólo aplica reglas básicas de escritura para una comunicación inmediata e informal. Esto, según se cree, cualquiera lo puede hacer. Sin embargo, las lecturas profundas y críticas sólo las hacen los especialistas, y la escritura creativa, de opinión, de divulgación… es el acto reservado para los especialistas en alguna ciencia o disciplina, para los periodistas o los literatos, que “saben” lo que hay que escribir. El resto de los ciudadanos, muchos con títulos universitarios, leen a medias y escriben mucho menos, como una parte de la compleja dialéctica de la dominación cultural y social.

Si, como lo indican datos de organismos internacionales, la lectura está a la baja, la escritura tiene un valor social menor. En general, la escuela le enseña a los estudiantes que escribir es aplicar “correctamente” reglas gramaticales que se aprenden de memoria; es cierto, hay textos gramaticalmente bien escritos, pero sin la huella de la inteligencia de quien escribe, porque éste no llega a expresar una opinión o una idea propia respecto de un hecho o de un fenómeno. Peor aún, en las aulas es donde también muchos estudiantes aprenden no sólo a imitar las ideas de los demás, sino también a “plagiar” descaradamente otros textos sin ofrecer ningún reconocimiento de autoría. Ya sea una apropiación deshonesta o una expresión incoherente, se tiende a valorar la escritura en función de la “corrección”, y no de la calidad de un pensamiento organizado con cierta lógica y claridad. Estos aspectos negativos de la cultura escrita en nuestro país, reflejan la pobreza intelectual de muchos ciudadanos, que parece ir a la par de la pobreza material.

Según mi opinión, en la escritura, quien anota sobre una hoja o una pantalla en blanco, debe partir de su experiencia y de sus conocimientos para configurar una imagen propia de la realidad a la cual se refiere en el escrito que será leído por compañeros o colegas. Para llegar a esto, no basta con repetir las reglas gramaticales como si fueran mantras escriturales; hay que estar informado sobre aquello que queremos escribir, organizar coherentemente nuestras ideas, seguir un esquema lógico de pensamiento y asegurarnos de que, con esto, podemos cumplir el propósito de explicar o persuadir sobre un asunto a quien nos lea. Los maestros deben fomentar en las aulas estos procesos para desarrollar las habilidades de comunicación escrita, y los hogares ser aliados para fomentar la disciplina y la curiosidad intelectuales.

Es en las aulas y en los hogares donde hay que desacralizar la idea de que escribir es un talento innato o una cualidad de “iluminados”; la importancia social de la escritura tiene que ver con la construcción de una ciudadanía alfabetizada, pero también es un medio de expresión de la identidad de los individuos responsables que dialogan colectivamente, rechazando la violencia.