Dra. Magdalena Mejía Gómez

Profesora de tiempo completo del Departamento de Lenguas

magdalena.mejia@udlap.mx

 

La Real Academia Española (RAE) define el adjetivo «coloquial» como aquello que pertenece o se relaciona a un coloquio: una conversación entre dos o más personas; una reunión para discutir una conferencia o escrito; o un género literario. Otra acepción de «coloquial» que encontramos en el diccionario de la RAE se refiere a una conversación informal y distendida. Esta forma de hablar coloquial, espontánea y cotidiana –muy característica de la conversación cara a cara– actualmente y gracias a las redes sociales, se hace presente en conversaciones a distancia y en el discurso escrito.

Sí, es cierto que todos hablamos coloquialmente, usamos expresiones, repetimos, enfatizamos, exageramos y rompemos reglas de uso del idioma, pero no siempre caemos en cuenta de que el habla coloquial implica un conocimiento que va más allá del mensaje denotado. En México identificamos expresiones como «órale», «está cañón», «no inventes», «es chido», entre muchas otras. Y ninguna de estas expresiones puede interpretarse como se espera, a menos que los hablantes compartan saberes y experiencias que las han definido. Al mismo tiempo, las formas coloquiales establecen relaciones de igualdad, tanto de relación social, como de interacción conversacional. Cuando alguien pregunta: «¿Qué hay de nuevo?», «¿Qué onda?», «¿Cómo anda/andas?», «¿Qué (te) traes?», su intención puede ser romper jerarquías o conversar entre iguales, una profesora con un estudiante o un joven con una joven, por ejemplo.

Además del conocimiento compartido y la intención de establecer relaciones de igualdad, el habla coloquial da lugar a nuevas formas de usar el lenguaje, ya que es una modalidad que favorece la creatividad lingüística. Pensemos en el uso de «siempre», un adverbio de tiempo, en una pregunta como: «¿Y, siempre fuiste?». El hablante hace uso de este marcador de tiempo como marcador de modo, de forma, equivalente a: «¿Y, finalmente/ al final fuiste?». Otro ejemplo que ilustra este tipo de innovaciones del idioma, particularmente en el español de México, es el uso de la forma «le», que representa un pronombre, pero que en expresiones como «ándale» y «órale», no logramos definir a qué o a quién refiere. ¿Cuál sería la diferencia entre «anda» y «ándale» y entre «ora» y «órale»? Podría ser esta una pregunta para quien se diera cuenta que en nuestro hablar coinciden las dos formas: «anda, ya es tarde» o «ándale, ya es tarde»; «ora que ya no tengo tiempo» u «órale que ya no tengo tiempo». Los hablantes integran formas generando otras para comunicar intenciones adicionales a las conocidas.

El español coloquial se manifiesta como una oportunidad de estudio y conocimiento de nuestra lengua y, sobre todo, forma parte de la riqueza de la misma, permitiendo una interacción comunicativa personal y cultural que muestra nuestra habilidad e ingenio comunicativo.