Dr. Alfonso Montelongo Murillo

Profesor de tiempo completo del Departamento de Letras, Humanidades e Historia del Arte

alfonso.montelongo@udlap.mx

 

Valoramos la multiplicidad de lenguas que caracteriza a la literatura mundial y que nos parece una manifestación de la diversidad y creatividad humana. La pluralidad de las lenguas es una riqueza por conservar; la comunicación entre ellas, y por lo tanto las operaciones de traducción, son positivas. Sin embargo, esta visión generosa y conciliadora, que muchos lectores tendrán espontáneamente en la cabeza, oculta el hecho fundamental de que la comunicación entre las lenguas por medio de la traducción, del bilingüismo (definido como el uso alternado de dos lenguas por un mismo hablante) o de la diglosia (que se define por la presencia en una comunidad de dos lenguas que desempeñan funciones comunicativas complementarias), reproduce o refuerza las desigualdades lingüísticas, no las corrige. La crítica literaria francesa Pascale Casanova estudió este fenómeno en su último libro, La langue mondiale (2015). Traducción y bilingüismo colectivo son fenómenos que se han de comprender no en contra sino a partir de la dominación lingüística y sus efectos: en lugar de escapar a ella, estos fenómenos reproducen la relación de fuerzas entre las lenguas. A fin de entender esta relación y sus desigualdades, y a pesar de los lingüistas que explican, con razón, que todas las lenguas son iguales, hay que partir de la observación de que hay lenguas dominantes y dominadas, y entre ellas hay una que domina mundialmente. Como afirmó el sociólogo Pierre Bourdieu, «los lingüistas tienen razón en decir que todas las lenguas tienen el mismo valor lingüístico; se equivocan al creer que tienen el mismo valor social».

Bourdieu formuló la noción de «mercado lingüístico» que implica, por una parte, que todas las lenguas están en competencia por el poder en ese mercado («la lengua no es sólo un instrumento de comunicación, ni siquiera de conocimiento, sino un instrumento de poder»); y por otra que hay una dependencia entre las leyes de la dominación y las leyes de formación de los precios (o valores relativos) lingüísticos: «la devaluación relativa del francés en relación al inglés en el mercado internacional» es uno de sus ejemplos.

Las lenguas están socialmente jerarquizadas según su cercanía al poder y a la legitimidad o, en otras palabras, según los beneficios simbólicos que procuran. Quienes pueden mostrar un buen dominio de la lengua mundial (en otras palabras, los que tienen este «capital») ejercen también la autoridad porque solamente la lengua reconocida hace la ley en los mercados dominados por las clases dominantes. La lengua legítima no es un bien colectivo, no está a disposición de todos los hablantes: sólo tiene la capacidad de hablar y hacerse escuchar quien se ha apropiado de la lengua autorizada (es decir, la de la autoridad). Los otros hablantes se ven llevados a practicar el bilingüismo o la diglosia abandonando lo esencial de su repertorio comunicativo, es decir una dimensión de su identidad.