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Por: Dra. Laurence Le Bouhellec Guyomar, laurence.le@udlap.mx
Catedrática de Tiempo Completo del Departamento de Letras, Humanidades e Historia del Arte

Siglos antes de que algunos objetos específicos recibieran el nombre de arte para distinguirlos y separarlos de muchos otros más cuyas características no generaban en el espectador un efecto sensible-afectivo similar o simplemente eran destinados a un uso diferente, el hombre acostumbraba comerciar con ellos, sea por necesidad o por gusto.

Lo que importa es que el hombre empezó a conferir determinado valor a algunos objetos por su color, por su forma, por sus materiales o su técnica de elaboración, y sobre todo por su carga simbólica, al considerarlos puntos de cristalización de determinado sentir, de determinado entender, de determinado transmitir y comunicar también. Y aunque resulta difícil afirmarlo como tal, es muy probable que lo que milenios después se ha venido llamando arte en determinado contexto europeo, haya nacido junto con la expresión y visibilidad de lo sagrado.

Y bien puede ser que en nuestros tiempos lo sagrado haya perdido puntualmente su fuerza original, sobre todo en algunos ámbitos culturales, pero estos objetos considerados arte, siguen siendo objetos privilegiados de robo, saqueo, falsificación, destrucción, disputa, inversión y también, claro, de admiración o contemplación inigualable.

Dicho en otros términos, el auradel arte no se ha marchitado con los siglos independientemente de todo lo que los propios artistas hayan intentado en su nombre o en su contra. Simplemente porque la lógica global del sistema-mundo capitalista en el que se ha venido posicionando el arte le ha permitido y le sigue permitiendo asimilar el impacto de cualquier propuesta-protesta para, poco después, reintegrarla dentro de su mecanismo de funcionamiento general.

Y es así como la famosa Fuente de Marcel Duchamp pasa de ser, en menos de un siglo, una obra rechazada en un espacio de exposición a la obra considerada más influyente del arte contemporáneo. Y es así también como, en febrero del 2010, una escultura monumental de Alberto Giacometti, uno de sus más célebres hombres caminando, se convirtió en la obra de arte más cara vendida en una subasta: 104.3 millones de dólares, destronando de paso al Muchacho con pipa del español Pablo Picasso, adquirido por 104.1 millones de dólares en 2004.