Dra. Laura Romero

Por: Dra. Laura Romero, laura.romero@udlap.mx

Profesora de tiempo completo del Departamento de Antropología

La discriminación se presenta cuando existen situaciones de desigualdad económica o social, la cual va acompañada por una serie de representaciones negativas sobre el grupo desfavorecido. En el caso de México la llegada de los conquistadores posicionó en una relación asimétrica a los pobladores originales. La dominación colonial generó un discurso en el cual la calidad moral, la capacidad mental y el modo de vida los pueblos conquistados quedaban en duda. La vida de los indígenas comenzó a ser normada desde lo ajeno y fueron juzgados como un todo homogéneo. Las diferencias internas fueron bruscamente borradas.

El término de la época colonial no puso fin a la diferencia, tampoco lo hizo la revolución, pues los prejuicios y la idea de una población de segunda habían quedado sembrados en el imaginario colectivo. La imagen que se fincó fue que la desigualdad de los pueblos indígenas era consecuencia de sus diferencias culturales; por eso, durante la época posrevolucionaria se planteó que el camino idóneo para integrarlos a la nación mexicana era unificarlos culturalmente, lo que entre otras cosas significaba la unificación lingüística, es decir, castellanizarlos.

A la fecha, aun cuando constitucionalmente se haya reconocido la conformación pluricultural de la nación, quedan vestigios de ese argumento falaz, por ejemplo el uso despectivo de la palabra “dialecto” para referirse a las lenguas indígenas. Sin embargo, debemos saber que todos los seres humanos, independientemente de nuestra adscripción étnica, utilizamos sistemas de comunicación verbal, es decir, lenguas. Que todos hablamos un dialecto, o sea, una variante específica de nuestras lenguas: español de Mérida, de Puebla, del D.F. Así que no hay nada en el náhuatl que lo haga menos complejo que el español, ni nada en ninguna de las 68 lenguas indígenas que las haga inferiores a cualquier otra lengua. Lo que hay es un prejuicio histórico que nos lleva a sancionar a quienes hablan una lengua indígena, incluso a llamarla de manera diferente. Este prejuicio ha llevado a la discriminación lingüística. Continuar refiriéndonos de manera incorrecta a las lenguas indígenas contribuye a perpetuar esta discriminación y sus consecuencias, por ejemplo, la exclusión social. Veamos en la tolerancia lingüística una virtud, una forma de contribuir desde lo individual en la construcción de una sociedad más justa, equitativa e incluyente.