Laurence Le Bouhellec

Profesora de tiempo completo del Departamento de Antropología

laurence.le@udlap.mx

En 1917, en la capital francesa, le Petit Palais abrió sus puertas a la exposición El arte asesinado organizada con la finalidad de generar conciencia sobre «el sacrilegio y brutal martirio» sufrido por el patrimonio artístico y cultural francés en el marco de la Gran guerra. Todavía, en 1919, un cartel diseñado por Géo Dorival para los Ferrocarriles del Este utilizaba la imagen de la catedral de Reims en ruinas para promocionar el turismo en aquella famosa región de viñedos. De manera general, sabemos que los conflictos entre diferentes tipos de comunidades humanas, independientemente de sus motivos, suelen desembocar voluntaria o involuntariamente en la total destrucción o simple rature de todos y cada uno de los signos de identidad de la comunidad rival o sometida. Y hasta donde sabemos, aun cuando se da por un hecho que el fomento de las artes tiene el poder de disipar tanto la ignorancia como todo tipo de comportamiento incivilizado, la iconoclasia entendida como destrucción de las imágenes o del arte, ha acompañado al ser humano en gran parte de su historia.

Definitivamente es un acontecimiento social muy complejo y confuso, ya que pueden ocurrir tanto «iconoclasias desde arriba», cuando los que ocupan el poder deciden arbitrariamente proceder a determinadas sustituciones o destrucciones de imágenes, como «iconoclasias desde abajo» a menudo generadas por la impotencia política. En este sentido, las investigaciones realizadas sobre el impresionante movimiento de iconoclasia que acompañó en su momento la Revolución francesa, han dejado claro que el recurso a la violencia contra el arte puede estar puntualmente relacionado con la imposibilidad de acceder a medios legítimos de expresión. Y no deja de llamar la atención, el hecho que, muchas veces, sólo algunas precisas partes de las imágenes concentran las agresiones; por ejemplo, en el caso de las esculturas, son los rostros que suelen ser agredidos, como si se tratara de personas vivas.

En fin, nos queda claro que, desde que el ser humano se ha dado a la tarea de producir imágenes, la relación que ha entablado con ellas prescinde, en la mayor parte de los casos, de las tan consagradas categorías del juicio estético, siendo más bien el saber y el poder, dos de sus principales nodos. Así que no ha de sorprender –lamentablemente– que ciertos gobiernos llamados democráticos decidan secuestrar egoísta y arbitrariamente el patrimonio de todos nosotros.

In memoriam: Museo Nacional de Río de Janeiro (1818-2018)