Mtro. Juan Manuel Bada Dosal

Coordinador académico de la Licenciatura en Animación Digital

juanm.bada@udlap.mx

 

Todos los seres vivos tenemos un reloj interno que regula nuestro comportamiento y estado fisiológico durante el ciclo diario de 24 horas, principalmente mediante la secreción de hormonas que regulan los estímulos para mantenernos sincronizados; a esta sincronía se le conoce como «ciclo circadiano» y existen muchos factores que lo afectan. Aunque, sin duda alguna, el factor más importante que regula nuestro reloj interno y como resultado modifica nuestras acciones, es la luz.

 

Nuestro día comienza con ella al amanecer, transcurre durante el mismo modulándose hasta llegar el atardecer y culmina con la ausencia de luz al anochecer, así ha sido siempre y como un proceso natural y regular lo hemos aprendido. Este proceso ha sido modificado por el hombre, ante la necesidad de extender las jornadas de trabajo o las actividades cotidianas mediante la provisión de luz artificial en todo espacio donde convivimos y hasta descansamos, este hecho aparentemente benéfico, causa una alteración en la sincronía y balance de nuestro cuerpo con respecto a los tiempos de trabajo y descanso; fisiológicamente la luz entra en contacto con la retina de los ojos y estimula una zona del cerebro denominada núcleo supraquiasmático, que entre otras cosas regula la producción de la melatonina por la noche (la hormona del sueño) y el cortisol por la mañana para activarnos, para ajustar nuestro reloj interno y decirnos que es hora de descansar o de trabajar; la vida moderna y su tecnología nos ha dotado de dispositivos muy atractivos y empáticos como la TV, teléfonos inteligentes, tabletas y computadoras, que junto con sus aplicaciones y maneras de relacionarnos con los demás (opciones de programación, redes sociales y aplicaciones) nos presentan atractivas interfaces envolventes y absorbentes que precisamente nos desconectan de la sincronía con el tiempo y nos lo presentan como relativo donde se crea una dependencia o necesidad de estar conectado todo el tiempo.

Sin que sea este el motivo del presente artículo, lo  comento porque el tiempo que dedicamos a esta actividad estamos sometidos a un baño de «luz moderna» emitida por nuestros dispositivos, sobre todo por la noche y aunque no es tan intensa como otras fuentes de luz, sí llega a afectar nuestro ciclo circadiano indicándole, tarde que temprano a nuestro cerebro que espere y que no genere las hormonas del sueño pues todavía no queremos descansar y, por tanto, nos genera somnolencia incidiendo en nuestro proceso de descanso para posteriormente no rendir al 100% al día siguiente en todas nuestras actividades.

Cuando el diseño se enfoca en la creación de productos como los anteriormente nombrados, para resolver las necesidades concretas de sus usuarios finales, consiguiendo la mayor satisfacción y mejor experiencia de uso posible con el mínimo esfuerzo de su parte, los resultados son exitosos; pero este éxito puede ser relativo si esta propuesta de solución aparentemente viable y funcional altera su estado natural, su salud o integridad física.

Como diseñadores debemos de entender los diferentes contextos y uno de ellos es la misma condición humana y la interacción con su vida misma, en este caso, tanto la falta de exposición a la luz natural durante el día, como el exceso de exposición a la luz artificial durante la noche alteran directamente nuestro ritmo circadiano y por ende nuestras decisiones durante el día; ya que el objetivo del diseño es lograr una armonía funcional en el estado de ánimo del «ser humano», debemos apegarnos a lo natural y eficientar lo artificial convirtiéndolo en nuestro principal reto para lograr un equilibrio saludable en los próximos años.