Dr. Martin Larsson

Profesor de tiempo completo del Departamento de Antropología

martin.larsson@udlap.mx

Aún había pocos casos de coronavirus cuando me habló un amigo que había sido contratado por el gobierno de su municipio para prevenir los contagios. Quería una opinión académica, aunque fuera de un antropólogo sin conocimientos de epidemiología. Le habían ordenado creer en el coronavirus y en la seriedad del problema, pero aun así se quedó con la duda: ¿será verdad todo lo que dice el gobierno?

Con el coronavirus, se ha vuelto evidente cómo la ciencia se ha insertado claramente en disputas políticas. En el municipio de mi amigo significa que las recomendaciones científicas se filtran por experiencias colectivas de abusos por parte de representantes de instituciones gubernamentales, pero también por una moralidad basada en ideales de reciprocidad e igualdad que funcionan como una manera de distanciarse de estos abusos. Al ser comunicadas a través de las instituciones estatales, no es de sorprenderse que surjan dudas de las recomendaciones científicas.

Sin embargo, esta tendencia no es la única que podemos percibir ahora. También podemos ver lo opuesto: cómo lo político es absorbido por una lógica científica. A pesar de experiencias de la política como algo fundamentalmente amoral, como en el municipio de mi amigo, la política idealmente debe ser abierta a diversas perspectivas, por su énfasis en la búsqueda de lo correcto. Lo que pasa cuando la política es absorbida por lo científico, es que esta búsqueda es reemplazada por un deseo de distinguir entre lo verdadero y lo falso. Desde luego, entre científicos hay lugar para diferencias, y eso también se ha visto reflejado en las medidas que han tomado los países. Pero en el caso de las dudas que tenía en mente mi amigo, una reacción más común ha sido el tipo de órdenes que le dieron desde las oficinas del gobierno, donde no existe un espacio para explicar los argumentos detrás de las recomendaciones, o una disposición a tomar en cuenta las experiencias locales de «la política».

¿Qué contestarle a mi amigo entonces? Quise decirle que tendría que diferenciar entre ciencia y política, pero en un momento cuando las estadísticas de la OMS se han vuelto un referente común para una competencia entre sistemas políticos, y donde circulan sospechas de que hay países que no reportan sus datos adecuadamente, lo único que se me ocurrió decirle fue que se cuidara mucho.