Por: Dr. Luis Ricardo Hernández, luisr.hernandez@udlap.mx

Jefe del Departamento de Ciencias Químico Biológicas

DrLuis Ricardo Hernandez UDLAPUn gran porcentaje del territorio mexicano está destinado al cultivo de diferentes especies vegetales útiles para el consumo humano. Sin embargo, esta actividad desarrollada en extensas regiones significa también un gran banquete para las especies fitófagas, especialmente insectos. Estos, con tal abundancia de alimento, se reproducen tanto que ocasionan pérdidas cuantiosas a los agricultores, se vuelven plaga.

Una plaga se refiere no al insecto en particular sino al número de éste en un determinado lugar; así, un insecto se transforma en plaga cuando en un determinado cultivo existe tal número de insectos que ocasionan una pérdida económica mayor al 20% para el agricultor. Actualmente, para combatir a las plagas se usan insecticidas que son muy potentes y persistentes en el tiempo, originando una serie de problemas como la intoxicación de los agricultores; intoxicación de los consumidores; contaminación de suelos y aguas de ríos, lagos, lagunas, etc.; desequilibrio del ecosistema; o aparición de resistencia por parte del insecto, aspecto que obliga al agricultor a usar insecticidas cada vez más potentes.

Para mitigar estos efectos adversos de los plaguicidas actuales, se están desarrollando los biopesticidas que pueden derivar de microrganismos o plantas, estos últimos conocidos como biopesticidas botánicos y son a los que me referiré a continuación como un modo efectivo y económico para controlar plagas, un concepto ya usado por nuestros antepasados. El uso de plaguicidas botánicos tiene las siguientes ventajas: 1. Se descomponen rápidamente, por lo que su persistencia es corta, evitando la contaminación de suelos, aguas y las intoxicaciones a los consumidores; 2. Son de baja potencia, por lo que no extermina al insecto sino que disminuye su población, manteniéndola por debajo de los niveles que se consideran perjudiciales para la economía del agricultor y mantiene el equilibrio del ecosistema; 3. No genera resistencia; 4. Uso de plantas silvestres, incluso que pudieran encontrarse en la zona de cultivo propiciando que el mismo agricultor prepare su propio plaguicida, impactando favorablemente en la economía de su campo. Esto, por supuesto, no es del agrado de las compañías productoras de plaguicidas.

La próxima vez que compre frutas o verduras, si encuentra un insecto en alguna de ellas, es una buena señal de que esa pieza podría estar libre de insecticida.