Como parte de la temporada cultural Otoño 2014, los viernes de Cinexpectativas de Capilla del Arte tendrán como protagonista al joven director estadounidense Darren Aronofski (Nueva York, 1969) quien con tan solo seis cintas desde su debut en 1998 ha sabido forjarse un nombre en la industria del cine y augurarnos con su talento una fructífera carrera en las siguientes décadas.

Arrancamos precisamente con su opera prima titulada Pi: el orden del caos, este viernes 17 de octubre a las 6:30 p.m. A propósito de esta cinta, Christian Moreno Pineda, estudiante de Filosofía y nuestro prestador de Servicio Social nos comparte esta reseñan. Recuerda, Capilla del Arte está ubicada en la 2 Norte 6, en el Centro de Puebla; todas nuestras actividades son de entrada libre.

image7Pi: El orden del Caos (Pi) (1998)

DIRECCIÓN:  Darren Aronofsky

 GUIÓN:  Darren Aronofsky / Sean Gullette

FOTOGRAFÍA:  Matthew Libatique

MÚSICA: Clint Mansell

PRODUCCIÓN: Eric Whatson

 

 

Pi: el orden del caos es la opera prima del director estadounidense –y egresado de Harvard- Darren Aronofsky. Una obra tan oscura como interesante, que roza con la ciencia ficción, protagonizada por Sean Gullette quien además de ofrecer una excelente actuación, debuta como guionista. Actualmente una cinta considerada de culto en ciertos ámbitos, de gran influencia para jóvenes directores y que en su momento significó un existo en diversos sentidos, en gran medida debido al equipo formado por Aronofsky y el músico Clint Mansell.

En pocas palabras se puede decir que Darren Aronofsky es el más claro exponente de una nueva cultura audiovisual, que los directores de la década de 1980 no poseían, una cultura desarrollada por los videoclips musicales y la publicidad masificada; algo que deja ver muy bien con la utilización del montaje hip-hop, una especie de sello personal, que utiliza de manera particular en Requiem por un sueño (2000). Si bien el joven director ya había demostrado su potencial como realizador con los cortometrajes de su etapa académica, Supermarket Sweep (1991), Fortune Cookie (1991) y Protozoa (1993), con Pi demostró que se podía llegar lejos con poco presupuesto, abriéndose camino en la infame industria cinematográfica. En la edición de 1998 del Festival Sundance, Darren fue premiado como Mejor Director y por otro lado la carrera de Clint Mansell se vio catapultada, convirtiendo las canciones:  πy 2πr en verdaderos clásicos.

La cinta trata sobre Maximillian Cohen, un matemático –digno representante del ideal ascético- y lo que se podría llamar, “su camino a la iluminación” –o la locura-. Max ha dedicado su carrera a desarrollar un modelo matemático que permita explicar la totalidad de los fenómenos; desde un nivel macroscópico, como las fluctuaciones del mercado o la formación de un planeta; como los fenómenos a nivel microscópico, como la fotosíntesis –un anhelo iniciado por Pitágoras hace unos 2 mil 500 años y renovado de muchas formas por el pensamiento moderno-. Sin embrago, esta tarea resultará en detrimento de la frágil salud de Max, quien sufre recurrentes ataques de pánico y fuertes dolores de cabeza. En un punto Max cae en cuenta que de los intereses en torno a su investigación podrían costarle la vida, pero el tiránico deseo que lo mueve hacia su descubrimiento parece ser mayor.

pi

La utilización de una banda sonora excepcional y la fotografía de Matthew Libatique generan una atmosfera de pesadilla y desesperación en todo el film, cualidad que por un lado acompaña de manera genial el camino de enajenación del protagonista y por el otro, permite que las situaciones se desarrollen con un aire de delirio, dando la oportunidad a que las alucinaciones de Max se presenten de forma muy natural. Un procedimiento muy cercano al utilizado por David Lynch en Eraser Head (1977) –de hecho la escena del cerebro en el subterráneo es una referencia directa a este film-.

La obra de Aronofsky se ha desarrollado de múltiples formas, sin embargo, pensamos que en todas algo es recurrente: el abordaje del problema de la existencia individual y su trascendencia, en un sentido marcadamente kierkegaardiano, en este caso se trata de cómo un hombre de ciencia se enfrenta al problema de su propia finitud y de cómo lo único que posee es esta “fe” hacia su descubrimiento, que significa para él una forma de trascendencia. En estos términos, Aronofsky hace del hombre de ciencia algo no muy distinto a un profeta.