Este 29 de noviembre de 2014 a las 6:30 p.m., Capilla del Arte arranca el ciclo dedicado a Luis Buñuel dentro de su programa semanal de Viernes de Cinexpectativas. La encargada de inaugurar este homenaje al cineasta español será Los olvidados. A propósito de Buñuel y de este ciclo, les compartimos el texto de Christian Moreno Pineda, estudiante de Filosofía y prestador de Servicio Social de Capilla del Arte.  Y recuerda que estamos ubicados en la 2 Norte 6, en el Centro de Puebla, y que todas nuestras actividades son de entrada libre, además de que otorgan puntos PPA.

Luis Buñuel Portolés, el famoso director de Calanda (España) que –se dice-  apreciaba a De Sica y Fellini, detestaba a Rosellini y prefería a Buster Keaton antes que a Chaplin; un personaje dentro y fuera de la pantalla que hasta la última parte de su vida se dedicó a  reivindicar la ausencia de fronteras en los caminos de la imaginación. De frente al rodaje de la que sería su última película, Buñuel declaró: “el pensamiento que me sigue guiando a los 75 años es el mismo que me guió a los 27: es una idea de Engels: el artista describe relaciones sociales auténticas con el objeto de destruir las ideas convencionales de esas relaciones, poner en crisis el optimismo del mundo burgués y obligar al público a dudar de la perennidad del orden establecido”[1].

bunuel

La mirada de Buñuel siempre fue bífida en más de un sentido, por un lado se encuentra permanentemente suspendida sobre la insistente actitud de desafió a los esquemas convencionales, un desafío originado en la introspección del mundo interior, una fuerza que emerge como algo irracional en el espíritu, que anida en el inconsciente, una fuerza entendida por el director aragonés como la inocencia de la imaginación, que al verse sometida a la moral rancia de una sociedad -como él llegara a decir- “anclada a la edad media”, deviene en un sentido del placer: el placer de liberar hasta el impulso más reprimido. Por otro lado Buñuel siempre tuvo una mirada profunda, certera, que lo llevó a examinar la complejidad humana con los ojos de un etólogo, que como un apasionado de los animales se centra en los pequeños hábitos, costumbres y formas, analizándolos con detenimiento y advirtiendo sus trasformaciones; manifiesta pasión que acompañaba con esa especial atracción hacia los marginados, los excluidos y acallados, que de alguna u otra forma toman presencia en sus películas.

Erotismo, pasión, pecado, deseo, perversidad, miseria, hipocresía, caridad, desigualdad, religión, redención y crueldad son algunos de los tópicos en el cine de Buñuel, que hasta en su momento más dócil, superviviente y complaciente para el mercado cinematográfico, deja ver su vena creativa. Se puede decir que la obra de Buñuel siempre estuvo acompañada de cierto compromiso de honestidad artística; se tratase de una obra por encargo o una película marcadamente más personal. La convicción del director -nacida de ese primer contacto con el grupo surrealista- es clara. En su libro autobiográfico Buñuel describe cómo al igual que los demás surrealistas compartía cierta atracción hacia la revolución, su ideal era luchar contra una sociedad indeseable a través del escándalo; lo indeseable era la desigualdad de clases, la usura, la religión y el militarismo burdo. Personalmente nunca pensó que el objetivo del surrealismo fuese crear un estilo, sino más bien “hacer estallar a la sociedad”[2].

“Por primera vez en mi vida había encontrado una moral coherente y estricta, agresiva y clarividente, que se oponía a la moral corriente que nos parecía abominable”[3], dice Buñuel hablando de ese grupo tan cerrado de los surrealistas que nunca superó los treinta y tantos miembros. La moral surrealista “exaltaba la pasión, la mistificación, el insulto, la risa malévola, la atracción de las simas, nuestra moral era más exigente y peligrosa pero también más firme, más coherente y más densa que la otra”[4].

Como se sabe, durante sus años de estancia y producción en México, Buñuel alterna obras de poco éxito, como lo será El gran Casino (1946) protagonizada por Jorge Negrete y Libertad Lamarque, con otras que le valen el reconocimiento internacional: Los olvidados (1950)Él (1953), Viridiana (1961) o El ángel exterminador (1962). Llevándolo a convertirse en una de las influencias más importantes para el cine en América durante la segunda mitad del siglo pasado, desde Cuba, Chile, Argentina, hasta el Novo cine brasileño. Sin embargo, a pesar de que veinte de sus treinta y dos cintas corresponden a esta etapa mexicana, la influencia de Buñuel en México es tardía. Pueden ser muchas las razones, entre ellas se cuenta el hecho de que la industria cinematográfica en ese momento se encontraba controlada por los sindicatos profesionales -como el Sindicato de Trabajadores de la Industria Cinematográfica STIC– a los cuales interesaba proyectar una imagen de la sociedad mexica próspera, optimista, que no se dolía de ninguna parte, una imagen en íntima relación con el folklor y la música regional; imagen autocomplaciente que Buñuel no compartía en ningún sentido, hace falta ver Los olvidados para advertir la distancia critica que el director siempre mantuvo con la sociedad mexicana, de la cual -por otro lado- nunca se sintió parte.

Su honestidad creativa y la firme convicción detrás de su labor crítica, unidas a la violencia sin mediaciones y carga erótica de sus imágenes, hacen de Buñuel un director fundamental en la historia del cine en México –y en la historia del cine en general-. Capilla del Arte UDLAP dedica el último ciclo de Cinexpectativas del año a este excéntrico director, presentando cuatro de sus cintas más personales correspondientes a su etapa mexicana: Los olvidados (1950), Él (1953), Ensayo de un crimen (1955) y El ángel exterminador (1962). Una invitación al voyerismo, al placer sádico, la violencia, la miseria, el deseo reprimido y a esa fuerte crítica a la moral burguesa que caracteriza la obra de este digno representante de la modernidad estética.


[1] Buñuel, Luis y Carrière, Jean-Claude; Mi último suspiro: Barcelona, Random House Mondadori, colección Debolsillo, 1982.

[2] Op.cit

[3] Op.cit

[4] Op.cit