Dra. Melissa Schumacher González

Profesora de tiempo completo del Departamento de Arquitectura

melissa.schumacher@udlap.mx

La resiliencia es definida como la capacidad de adaptación de sistemas vivos frente a situaciones adversas. Si lo adaptamos a una escala urbana, la resiliencia genera factores de estrés que pueden llegar a presionar las actividades diarias como la emergencia alimentaria, escasez de agua, falta de techo y de transporte. Conjuntamente, la resiliencia es un sistema ecológico, descrito por Nina-Marie Lister como heurístico y empírico porque ésta es la cantidad de cambio o perturbación que un ecosistema puede absorber y volver a un estado donde el sistema retenga la mayor parte de su infraestructura, funciones y regeneración. La autora cuestiona si una comunidad o ecosistema es capaz de aguantar dichos cambios sin convertir sus funciones en algo completamente irreconocible, es decir, cómo un sistema vivo que ha sufrido un desastre natural o situación adversa puede cambiar de forma segura, resistirse completamente o sufrir por un cambio impuesto.

Si aterrizamos ambos cuestionamientos a lo ocurrido en México después de los sismos de 2017, han sucedido dos escenarios: por un lado, los sismos y emergencias sociales han demostrado que los mexicanos tenemos una enorme capacidad de auto organización y buena voluntad, es decir, somos una sociedad resiliente que acepta el cambio y hace todo lo posible por adaptarse; por otro lado, se evidenció que aún nos falta mucho en temas de gestión, prevención y planeación tanto de riesgos como para restablecimiento de servicios, vivienda, infraestructura, etcétera. Estos dos escenarios coinciden con los cuestionamientos de Nina Marie E. Lister, ya que diversos factores de estrés han hecho que nuestras comunidades no logren una adaptación segura al cambio o a su nueva situación. Esta observación coincide con el grupo Regenesis, que señala que una problemática del enfoque resiliente es que muchas veces no se acepta que el cambio no es lineal y que nace de complejas relaciones entre múltiples actores. Si lo aplicamos a lo sucedido en nuestro país, la necesidad y presión social puede llevarnos a una rápida «recuperación» para diferentes fines, pero donde se evitan otras responsabilidades y soluciones.

Debido a lo anterior, la resiliencia no sólo es adaptación sistémica, es un proceso que implica la coevolución de sistemas vivos complejos ante el cambio. Nina Marie E. Lister señala que, para lograr este proceso se deben de tomar en cuenta tres factores: primero, el cambio puede ser lento y rápido a distintas escalas; segundo, se debe de lograr la conectividad y retroalimentación; y tercero, los sistemas resilientes están definidos por la diversidad y por la impredictibilidad. Por ello, la resiliencia no debe de ser vista como un cambio veloz superviviente, sino todo lo contrario, la recuperación no es lineal porque los sistemas resilientes aprenden de las condiciones cambiantes del entorno.