A veces, ¡hacer nada es la mejor opción[1]

Ricardo Martins

Profesor de tiempo completo del Departamento de Ingeniería Química, Alimentos y Ambiental

ricardo.martins@udlap.mx

En Maputo, con los ojos fijos en el Índico y sus dedos dibujando memorias, el viejo me preguntó, —¿te cuento un cuento? Hace tiempo, en un pueblo, las mujeres caminaban todos los días más de 5 km para abastecerse de agua. Iban con vasijas y regresaban con fragmentos de río. Un día, llegó en su modernidad motriz una ONG y se asombraron: ¡no podía ser, había que solucionarlo! Regresaron con un molino de viento que sacaba agua en el centro del pueblo. Hubo discursos y expresiones como: energía renovable, igualdad de género, sustentabilidad, el futuro. El pueblo aplaudió, bebió, comió y bailó. Aquí, el viejo, entre la trampa y el cebo, me miró. —¿Te parece bien? —Sí, dije, como pez en el gancho. Se puso a reír, y dijo, pues… no pasó una semana y el dicho molino estaba convertido en estructura para casas y las aspas en el bar local. ¿Qué crees que pasó? Trampa parte II. —Corrupción, dije. —No, las mujeres lo derribaron. ¿Sabes por qué?, en tono paternal, de quien devuelve el pez a su hábitat… Para ellas, esos 5 km diarios significaban el tiempo en que hablaban de su vida, educaban a las niñas de los modos y costumbres, hacían planes y bromeaban de sus maridos. El molino, que nadie había pedido, destrozó todo eso… y todo eso era mucho.

Esto no es una apelación metafórica al «no hacer nada», ni una crítica velada a la modernidad, ni una demanda intercultural más. Es –más bien– una invitación a la autocrítica del modo de enseñar y aprender ingeniería. En su concepción más pura (la que los niños de 6 años pueden compartir en las redes sociales) ingeniería es diseño, o sea, la capacidad/práctica de crear artefactos, tangibles o no, en contextos sociales complejos. En eso la ingeniería no es distinta del arte, la ciencia o los negocios. Sin embargo, la ingeniería y su enseñanza tomaron el modelo racionalista del diseño como resolución de problemas complejos. La complejidad/realidad es dividida en partes que se resuelven una por una. Algo inmediatamente reconocido por cualquier estudiante de ingeniería como… ingeniería. El enfoque es la solución. El problema es que la complejidad, por definición, no tiene dimensiones consensuales (¿cómo dividirla entonces?), está compuesta de mucho que no sabemos que no sabemos y de dinámicas que sólo descubrimos (si las descubrimos) mucho después.

El ingenio (de ingeniería) nace y se desarrolla de un práctica reflexiva e interactiva, de un diálogo permanente entre el problema, la solución y sus contextos complejos. Más que querer resolver el problema, la ingeniería efectiva emerge con la solución del análisis del problema. Por eso, al revés de enseñar cómo resolver problemas, deberíamos aprender en qué aspectos del problema pensar. Ser ingeniero/ingeniera no es sólo estar (auto)presionados a dar soluciones, sino pensar los problemas. Al final, «¿si el problema es tan importante, por qué sólo pensar en la solución?». Si nos involucramos con el problema, puede ser que, no hacer nada sea la mejor solución… y eso está padre.

[1] Corrección ortográfica de Alejandro Reyes