Miguel A. Méndez Rojas

Profesor e investigador del Departamento de Ciencias Químico-Biológicas

miguela.mendez@udlap.mx

La ciencia mexicana se encuentra en un momento crucial. Los cambios políticos han generado incertidumbre ante políticas públicas científicas que han tomado tonos ideológicos en temas como los organismos genéticamente modificados (OGMs). Al respecto, México ha realizado importantes aportaciones, reconocidas a nivel mundial, en beneficio de la productividad agrícola, la alimentación y la salud humana. Sin embargo, invocando el «principio de precaución», ciertos sectores sociales y gubernamentales han solicitado se apruebe el «Decreto México con bioseguridad y sin organismos genéticamente modificados», en donde se prohibiría la liberación de OGMs para cría o siembra piloto, experimental y comercial en nuestro territorio.

Esto pondría en seria desventaja a nuestro país al transformarnos en dependientes tecnológicos en esta área, además de ignorar el trabajo y las voces de investigadores mexicanos que se han manifestado al respecto. Además, la restructuración de la política científica para separarla de la «ciencia occidental o neoliberal», con la intención de proteger los conocimientos y prácticas comunitarias tradicionales (temas que en ningún momento deberían contraponerse),  ha generado intercambios de opinión entre miembros de la comunidad científica y la administración federal responsable de la política científica, como también lo han hecho los recortes en programas de investigación, el desconocimiento de la participación del Foro Consultivo Científico y Tecnológico (FCCyT) en la discusión de políticas públicas científicas,  la salida de algunos destacados científicos de las Comisiones de Evaluación del Sistema Nacional de Investigadores, y la suspensión (provisional o definitiva) de apoyos a estudiantes de doctorado e investigadores postdoctorales en el extranjero.

Aunque algunos de estos problemas parecen estar en proceso de arreglarse, para la comunidad de investigadores mexicanos, en particular para los que están en el extranjero, no proyectan una imagen de estabilidad que les invite a mantenerse o regresar al país, con las imprevisibles consecuencias que una fuga de cerebros tendría para la ciencia nacional. La ciencia mexicana necesita de una visión incluyente y participativa, libre de ideologías, con prospectivas modernas que arreglen los problemas estructurales que la aquejan. La comunidad científica está abierta al diálogo, a la participación plural para la construcción de políticas y programas públicos eficientes que atiendan al avance y búsqueda de soluciones a los problemas nacionales. Pero de momento, tenemos una política científica debilitada, como frijol con gorgojos, que requiere de soluciones. Soluciones que vendrán desde la propia comunidad científica, sin duda.