Dr. Martín Sánchez Camargo

Por: Dr. Martín Sánchez Camargo, Coordinador del Área de Primera Lengua

martin.sanchez@udlap.mx

En los últimos años, en el ámbito de la educación, particularmente la universitaria, se suele hablar de “pensamiento crítico”, aunque no se sepa claramente qué se entiende por “pensar críticamente”. Algunos profesores, como los de humanidades, opinan que no es nada nuevo porque la propia naturaleza de esta formación requiere del desarrollo de una actitud reflexiva para problematizar sobre asuntos concernientes al arte, la literatura, la filosofía o la historia; otros docentes, en el ámbito de las ciencias, consideran que desarrollar la capacidad inquisitiva de los futuros científicos es primordial si se desea que hagan aportes notables en sus disciplinas. Coincidimos tanto con humanistas como con científicos; ambos han sido, los principales promotores del pensamiento crítico, y los transformadores de la realidad hasta el punto de desarrollo en el que hoy nos encontramos.

Eso está fuera de duda; sin embargo, el pensamiento crítico, como actitud reflexiva o inquisitiva, no es territorio exclusivo de humanistas o científicos, sino que debería ser la actitud intelectual de todo individuo que incursione en cualquiera de los ámbitos profesionales y, aún más, de todos aquellos que compartimos la diversidad de las prácticas sociales. Es decir, el pensamiento crítico debería ser una actitud intelectual compartida por cada uno de los ciudadanos medianamente escolarizados. Lamentablemente, la reflexión no suele ser un hábito social porque, entre otras razones, no es promovida suficientemente en la escuela. Si así lo fuera, la práctica social del pensamiento crítico sería clave para desarrollar todavía más el conocimiento en nuestros campos de estudio y prácticas profesionales, pero también sería la fuerza intelectual capaz de modificar el orden de cosas que nos ofenden en nuestro país: la corrupción, la pobreza, la violencia.