Por Dr. Raúl Bringas Nostti.
Profesor  del Departamento de Administración de Negocios Internacionales

CHINA-1Mucho se habla sobre el ascenso de China y su inminente consolidación como la potencia del siglo XXI. No faltan quienes elogian el modelo chino, presumen el sorprendente crecimiento económico del país y exaltan el papel que la nación asiática tendrá como el país dominante a nivel global. Algunos padres de familia, en el extremo de la obcecación, obligan a sus pobres hijos a aprender chino (mandarín), con la ilusión de que dicho idioma les abrirá las puertas a un futuro brillante. ¿Qué tan probable es este escenario? ¿Es China el país del futuro?.

A lo largo de un año, el profesor Francois Duhamel y quien esto escribe trabajamos en un artículo en el que pretendimos demostrar la manera en que se ha exagerado el futuro chino. Fue publicado por la UNAM. No hemos sido originales, pues somos dos autores más entre muchos otros que creen que el gigante chino no logrará consolidarse de la manera en que se ha cacareado. No pensamos que China vaya a desplazar a Estados Unidos, Europa u otros países occidentales como referente cultural, económico, social o político. A China le hace falta recorrer un larguísimo trecho para aproximarse a las naciones que en la actualidad establecen numerosas reglas, desde patrones culturales hasta estrategias de organización social.

China logrará convertirse en un gigante económico, pero nada más. Será una especie de diamante en bruto al que harán falta décadas y décadas de trabajo para pulirlo. ¿Por qué? China no es democrática y carece de libertades esenciales. Este es un requisito fundamental para que el sistema de mercado funcione de forma adecuada. El país asiático es uno de los más corruptos en el planeta y no parece realizar grandes esfuerzos por aliviar el problema. La clase política china es la misma gran propietaria de empresas, en un hecho que ofende a la población. La única razón por la que ésta no ha expresado con mayor energía su molestia es el gigantesco aparato represor con el que cuenta el gobierno.

El asunto no termina aquí. China está constituida por diversas regiones con tradiciones culturales contrastantes. Decenas de millones de musulmanes viven en el oeste y amenazan con separarse del país. Cada ciudad próspera cuenta con una élite política y económica que desafía las órdenes provenientes de la capital. Si a esto se agrega la inconformidad por la desigualdad latente entre un campo pauperizado y las ciudades riquísimas se cuenta con un caldo de cultivo idóneo para la inestabilidad. China no será estable en el futuro y no sólo por el factor social. La ecología se ha degradado a niveles insostenibles. Hay ríos donde no nada un solo pez y ciudades, como la propia capital, en las que rara vez se contempla el sol con nitidez. Algunos biólogos aseguran que la catástrofe ecológica china será inminente.

Bastará que el crecimiento económico de China pierda fuerza, como ya empieza a ocurrir, para que las contradicciones sociales afloren en toda su expresión. Esperemos que no desemboquen en violencia, pero muchos son los analistas de prestigio que aseguran que así ocurrirá.

Por último, no pensamos que la cultura china cuente con la fuerza para desplazar a la gran tradición europea y estadounidense. No parece que ni los grandes pintores europeos, ni las conocidas producciones de Hollywood tengan motivos para temer a una invasión cultural china. Es más probable que los chinos aprendan inglés, como está ocurriendo, a que el mundo se adapte al chino. Así que, estimado lector, sea más cauteloso al pensar que la era de China está por comenzar.

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