Por: Dra. María Emilia Ismael Simental

Profesora del Tiempo Completo del Departamento de Letras, Humanidades e Historia del Arte de la UDLAP.

historiaEn la UDLAP estamos de aniversario: momento de celebrar y contar nuestra historia. Sin embargo, lo fascinante de contar una historia no es recordar el ayer, sino entender y construir el día de hoy. Al seleccionar los eventos, personajes y momentos más significativos para un relato, no sólo revisamos un pasado sino establecemos una relación con el presente. Como lo explica Lawrence Grossberg en Cultural Studies in the Future Tense, en lo que decidimos contar (y en lo que decidimos dejar fuera), construimos conceptualizaciones sobre y relaciones con el tiempo.  Si bien las últimas décadas del siglo XX vieron el desmoronamiento de la historia como una narrativa lineal (pasado-presente-futuro) impuesta por la modernidad occidental, ciertamente contar una historia es referencia de nuestra experiencia temporal, cómo la conceptualizamos pero, sobre todo, de nuestra actitud ante nuestro presente, es decir, del compromiso ético con nuestro actuar. Contar una historia conviene pues, una responsabilidad ética en la construcción de un pasado que nos permite entender la coyuntura de nuestro presente y nuestro actuar. Es esta “sensibilidad intelectual” o actitud hacia el tiempo lo que es fundamental para la identidad histórica que celebramos en nuestros relatos más que aquellas desdibujadas representaciones de eventos y personajes que destacan en ellos.

Este año celebramos el 75 aniversario de la Universidad de las Américas Puebla. Setenta y cinco años de logros académicos, deportivos, culturales, intelectuales y científicos y, sin duda, de ajustes y tropiezos. Miles de profesionistas egresados que han formado parte de y actúan en el presente de nuestro país en toda su complejidad. La universidad como referencia de legitimidad epistémica, incluyendo temporal, tiene una gran tarea con una celebración de su historia: reconstruir la coyuntura que explica su presente, los logros y los desaciertos, los reconocimientos y aquellas otras maneras de vivir la universidad, referencias todas que forman parte de la experiencia constitutiva de la comunidad universitaria. No es necesario borrar los pliegues, los errores, los cambios, los cierres, y las otras maneras de vivir que no se conforman a una narrativa de éxito. Contar la historia de una comunidad implica la responsabilidad de mostrar que el presente no es más caótico ni más heterogéneo ni más discontinuo que el pasado.

La historia se revela así como una lógica de relaciones sociales, muchas veces solidarias y muchas veces antagónicas, y no sólo como un ejercicio de poder narrativo de qué debe y quién puede ser representado en un relato. Contar nuestra historia no debe ser entendido sólo como la narración de eventos lejanos y objetos y personajes fijados en el tiempo, sino como la construcción en el presente de un espacio discursivo para la expresión plural, para reconocer una diversidad de experiencias y generar posibilidades de existencia. Cuando hablamos de un pasado diverso, confuso e imperfecto, facilitamos el presente de una colectividad abierta y receptiva a modos de vida heterogéneos: otras maneras de ser, identificarse, pensar, formar, crecer y querer en comunidad. Contar nuestra historia no es, pues, un acto de afirmar y celebrar una identidad homogénea, estable y consolidada: más bien, la construcción en el ahora de nuestras propias condiciones éticas para imaginar y actuar en colectivo.

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