Gabriel Wolfson Reyes

Profesor de tiempo completo del Departamento de Letras, Humanidades e Historia del Arte

gabriel.wolfson@udlap.mx

 

«Pensar es luchar contra el lenguaje», alguna vez escribió Wittgenstein. ¿A qué se refería? Seguramente, a muchas más cosas, en planos mucho más complejos e inextricables de lo que plantearemos aquí, puesto que la principal posibilidad que se nos ocurre es la siguiente: el lenguaje ayuda a comunicarnos, sí, pero ese lenguaje –el que sea que nos haya tocado en suerte– no nace con nosotros. Al revés: advenimos a él, y nos vamos modelando como sujetos con él, en él, hacia él, por él, a través suyo. ¿Y esto qué implica? Que ese lenguaje mediante el cual devenimos personas arrastra consigo un fangoso y casi infinito caudal de usos: usos inusitados y otros archisabidos, usos precisos y otros temblorosos, usos sinceros y fraudulentos, correctos y absurdos, eficaces y torpes, usos únicos de una tarde única y usos masificados, desguanzados, molidos a palos por los medios de comunicación. Pensar, para el filósofo austriaco, supondría entonces aceptar que nuestro instrumento para pensar, el lenguaje, es un instrumento basto, traidor, impositivo, poco flexible y sin desbroce. Por eso hay que luchar no con él sino contra él.

Cuando alguien habla de un amor «como no se había sentido nunca antes», podemos concederle cierta vehemencia a quien lo dice, pero sin duda está logrando pensar muy poco sobre lo que siente, y tal vez habría que desconfiar de su tempestuosa declaración. Si alguien afirma que «hemos perdido los valores» bien podríamos preguntarnos si no hablará de valores bursátiles o de que extravió las llaves de su coche, porque, en todo caso, antes de alarmarse conservadoramente sobre la pérdida, tendría que precisar de qué valores se trata, y para qué comunidad y en qué circunstancias esos valores son dignos de defensa.

Uno de los usos irreflexivos del lenguaje predominantes en la actualidad es el que rodea al sustantivo cambio, que encontramos en cientos de ensayos estudiantiles lo mismo que en prácticamente la totalidad de las campañas políticas: hacer un cambio, lograr un cambio, desear el cambio, etcétera. El argumento es parecido al anterior: si no se precisa un cambio de qué, hacia dónde, cómo y por qué razones, si se da por hecho que cualquier cambio es bueno, en el ámbito que sea y, de cualquier modo, entonces el único cambio del que quiero hablar es del cambio completo, sin «donativos», cuando compro cigarros en la tienda.