Sergio Reyes Angona

Profesor del Departamento de Letras, Humanidades e Historia del Arte.

sergio.reyes@udlap.mx

En la última década diferentes gobiernos latinoamericanos hicieron una fuerte inversión para dotar las escuelas de tecnología digital. En México, el gran proyecto de digitalización del siglo XXI fue Enciclomedia, que llenó cerca de medio millón de aulas de pantallas interactivas conectadas a equipos con contenidos educativos digitales. La llegada de esos dispositivos, se pensaba, rescataría el país del rezago educativo y elevaría la motivación de los alumnos, su participación, su aprendizaje.

Después de una década, sin embargo, no queda claro el impacto positivo de la tecnología en las aulas mexicanas. Por contra, lo que es un hecho es el ruido creciente de los profesores ante la distracción que generan los dispositivos en el aula. Si no garantizan el aprendizaje lo que sí aseguran, de momento, es la dificultad de la enseñanza. Los estudiantes, conectados cada vez más a su Facebook, WhatsApp o Instagram se desconectan aún más del profesor y de la clase.

Es por ello que en muchos países de la OCDE ha comenzado una “contrarevolución” digital que consiste en prohibir o restringir el uso de los celulares. En Francia, por ejemplo, desde septiembre del 2018 los alumnos menores de 15 años tienen prohibido entrar al aula con sus smartphones. Y Madrid despidió el año 2019 con idéntica prohibición. ¿Qué hacer en México? ¿Prohibir los celulares para centrar la atención de los estudiantes? ¿Promover su uso educativo para explorar nuevas formas de aprender y enseñar?

Aunque aún es pronto para evaluar los efectos benéficos o perniciosos que haya podido tener en otras regiones, lo cierto es que México tiene sobradas muestras del cinismo escolar de superpoblar con normas y leyes que, en la práctica, nadie cumple. Ya se sabe, “hecha la ley, hecha la trampa”. Lo contrario, entregarse al libre albedrío de la tecnología digital, no está dando, tampoco, buenos frutos y cada vez son más numerosos los estudios que constatan el aumento de la depresión y las conductas adictivas asociadas al uso intensivo de la tecnología digital en gente joven (y no tan joven).

Tal vez la clave esté en pensar juntos, alumnos incluidos, qué tipo de uso darle. Para Jordi Adell, la escuela debería enseñar cómo utilizar la tecnología para aprender no sólo en el aula sino también fuera de ella, ayudando a los alumnos a construir su entorno personal de aprendizaje en internet: en qué canales de Youtube pueden escuchar a los mejores conferencistas, cómo usar Twitter para seguir a expertos o cómo interpretar los memes desde una perspectiva crítica. Educar el uso de las herramientas culturales que cada generación tiene a su disposición, ¿no es ese el propósito de las instituciones educativas?