Dr. Miguel A. Méndez-Rojas

Profesor de tiempo completo del Departamento de Ciencias Químico-Biológicas

miguela.mendez@udlap.mx

 

Vivimos, aún, en una situación de riesgo. Y probablemente dure más tiempo del que habíamos estimado. En las circunstancias actuales hay que mantener las medidas de precaución que tanto la Organización Mundial de la Salud como los organismos locales correspondientes nos recomiendan como la sana distancia, lavarse manos con agua y jabón, o el estornudo de etiqueta. El uso de cubrebocas y otras barreras físicas como caretas plásticas y gafas, disminuyen la posibilidad de que el virus en forma de un aerosol transportable en el aire, alcance nuestras vías respiratorias y nos contagie.

Y en medio de todo esto, estamos rodeados de anécdotas casi fantasiosas: que si la abuelita del vecino se toma jugo de limón con miel y bicarbonato todas las mañanas o gotitas de nanomoléculas de cítricos para prevenir la COVID-19; o que si las gotas de dióxido de cloro de Andreas Kalcker (en la práctica, hipoclorito para limpiar superficies) o soluciones homeopáticas de agua azucarada pueden curar la infección por coronavirus SARS-CoV-2.

Una sociedad carente de cultura científica es presa fácil de este tipo de estafas, como las que promueven los grupos anti-vacunas o las sociedades terraplanistas. Recientemente han surgido grupos que están en contra del uso de cubrebocas, pues los consideran parte de una conspiración global, que incluye la «invención» del coronavirus en un laboratorio, el uso de radiación de antenas 5G para causar la enfermedad y hasta el robo de líquido sinovial de la rodilla derecha.

Lo peor que un país puede hacer en momentos así es darle la espalda a la ciencia. Pero cuando la ideología contamina a la razón, surgen ideas peligrosas como la de una ciencia nacionalista que busca justificar acciones que van contra la razón, como prohibir la investigación en organismos transgénicos o querer decidir qué tipo de investigaciones son pertinentes, basados en mal identificadas «prioridades nacionales». La historia nos ha enseñado las terribles consecuencias de esa forma de pensar, por ejemplo, con el Lysenkoísmo –teoría contraria a la genética y el darwinismo aplicada a la agricultura–  que condenó a la muerte por inanición a cerca de siete millones de rusos. Y en ese contexto, los científicos no podemos quedarnos callados. Tenemos la responsabilidad moral de denunciar las llamadas «verdades alternativas» (fake news) o las charlatanerías que se venden muy bien (porque la pseudociencia es un buen negocio) en forma de falsos remedios y curas (que incluso pueden poner en riesgo la salud de quienes los toman) para enfermedades como el COVID-19 o el cáncer. Mientras tanto, los investigadores trabajan a contracorriente –y sin recursos– en desarrollar una vacuna, un tratamiento, una esperanza basada en la ciencia para volver, no a la «nueva normalidad», sino a la vida cotidiana.

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