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Por Dr. Alfonso Montelongo Murillo

Profesor del Departamento de Letras, Humanidades e Historia del Arte

¿El humano nace o se hace? Todos los educadores creemos, supongo, que importa mucho más el hacerse que el nacer; que lo que se nos enseña, en términos generales, es lo que llegamos a ser; que los torturadores o los delincuentes de cuello blanco se forman durante años, no se acuñan en el vientre materno. Sólo si tratamos de entender lo que ahora parece cursi llamar “la condición humana” tenemos la esperanza de hacer más humana nuestra condición.

Leer no es aislarse ni dar la espalda a la vida, como quiere el lugar común, todo lo contrario. No en balde escribió Francisco de Quevedo: “escucho con mis ojos a los muertos” (253). El objetivo primordial de la lectura es obligar al lector a encontrarse con el otro. Bien hechas, las humanidades son el crisol en el que se ponen a prueba nuestras cambiantes nociones de lo que significa ser plenamente humano; nos enseñan, gradual e interminablemente, no qué hacer sino cómo ser. Las ciencias exactas explican cómo es ahora el mundo material para todos; las humanidades, a su manera indirecta y resbaladiza, ofrecen materia prima para que el individuo se construya un yo distinto del de los otros. Por lo tanto, son inevitablemente políticas. ¿Por qué? Porque complican nuestra visión, desarraigan nuestras ideas más queridas, castigan nuestras veneraciones. Porque crean incertidumbre. Porque expanden el alcance de nuestro entendimiento (y por lo tanto de nuestra compasión), al forzarnos a trazar y volver a trazar las fronteras de la tolerancia. Porque sólo de este trabajo de autoconstrucción pueden surgir individuos capaces de modestia frente a la complejidad; individuos formados en el cuestionamiento y por lo tanto no inclinados a ceder el derecho a cuestionar; individuos resistentes a la coerción, a la manipulación y a la demagogia en todas sus formas.

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Puede argumentarse que inquietar a la gente es el propósito de las artes y las humanidades en general. Ahora bien, todo aspecto de nuestra vida (todo matrimonio, todo trabajo, toda junta de padres de familia) depende en una u otra forma de la capacidad de comprender y simpatizar con otros, de impugnar nuestras creencias, de buscar la razón y la claridad. Llamemos a los padres de familia, a las autoridades universitarias, a los funcionarios gubernamentales, a invertir nuestro capital en lo que nos hace humanos.

Bibliografía

Quevedo, Francisco de. “Desde la torre.” Obra poética. Ed. José Manuel Blecua. Madrid: Castalia, 1999. 253-4.

Slouka, Mark. “Dehumanized: When Math and Science Rule The School.” Harper’s Magazine Sept. 2009: 32-40.