Por: Anne Kristiina Kurjenoja y María Emilia Ismael Simental

annek.kurjenoja@udlap.mx

El centro de la ciudad es un relato de su historia y un reflejo de la realidad socio-cultural de sus habitantes; un lienzo en el que se proyecta el encuentro entre la realidad socio-urbana y las aspiraciones político-económicas de sus gobernantes (Harvey, 2001: 128). En las viejas ciudades coloniales mexicanas, las fuerzas económicas y políticas de la globalización han empezado a colisionar con realidades sociales de precariedad detonando respuestas urbanas ante procesos de gentrificación. Con frecuencia las zonas patrimoniales han sido tratadas a través de programas y planes urbanos orientados a servicios turísticos, comerciales y culturales, con la intención de dignificar los espacios y la imagen urbana y reactivar el centro histórico con nuevas actividades económicas. Así, los centros históricos mexicanos, que en las décadas anteriores habían sido invadidos por la pobreza urbana, son ahora promovidos como zonas sofisticadas de consumo y de un life style (134-139) contemporáneo y elegante en torno al arte y la cultura. En estos procesos de gentrificación, la población original de los centros históricos es empujada a la periferia de las ciudades, a los nuevos conjuntos de vivienda social masiva en terrenos baratos y lejos de la infraestructura urbana adecuada prometiéndoles una mejor calidad de vida. Mientras tanto, el centro histórico tiende a convertirse en una ‘escenografía urbana’ para atraer inversionistas nacionales y transnacionales como desarrolladores de actividades turísticas, culturales y comerciales (148, 153). En estas condiciones pueden surgir iniciativas ciudadanas de perfil cultural, para resistir y reapropiar los espacios tanto habitables como comerciales para los sectores sociales más desprotegidos ante el paulatino desplazamiento de estos grupos. La cultura se vuelve entonces, como G. Yúdice (2002) nos advirtió ya hace más de una década, el recurso para la negociación de la vida urbana y condiciones de articulación social y política de los sectores más vulnerables en los centros históricos de la ciudades coloniales mexicanas.

La declaratoria de Puebla como Ciudad del Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1987, estimuló el surgimiento de proyectos urbanos con el propósito de construirle una ‘imagen positiva’ transformando radicalmente la imagen urbana de su centro histórico. Aunque muchas veces las obras de restauración consistían más bien de un maquillaje exterior en vez de un rescate integral de los edificios históricos, lo que hasta ahora había sido una edificación gravemente deteriorada o simplemente en ruinas se convirtió en un monumento histórico, sujeto a ser retocado y ‘escenificado’ para su posterior consumo turístico y lúdico, así detonando la proliferación de servicios culturales, turísticos y de entretenimiento (Belanger, 2008: 417, 420).

Simultáneamente con el proceso de gentrificación del centro histórico, algunas de las expresiones de cultura popular de los antiguos barrios indígenas y zonas populares en el otro lado de lo que anteriormente había sido el río San Francisco, han sido descubiertas y revaloradas como atractivo turístico y cultural, y ciertas zonas específicas han empezado a llamar la atención de los políticos, inversionistas y de los desarrolladores inmobiliarios. Los esfuerzos por promover la ciudad ante consumidores del patrimonio han ido en aumento detonando grandes proyectos de transformación urbana acompañados de una dinámica inmobiliaria expansiva y una amenaza potencial de expropiaciones y apropiaciones en la zona de los antiguos barrios indígenas y mestizos (Milián Ávila, 2000: 13; Hernández León, 2008: 15, 17).

En este contexto nace el proyecto ciudadano del ‘Colectivo Tomate’ llamado ‘Ciudad Mural’ en uno de los barrios más pobres de Puebla, Xanenetla, que por décadas había sido una zona invisible ante los ojos de las autoridades y de sus planes de desarrollo urbano. Es interesante observar como nuevos actores sociales, los voluntarios del Colectivo Tomate, se unieron con la población local en la generación de un nuevo patrimonio (murales) y a su validación cultural a través de medios digitales y redes sociales, y como esta iniciativa detonó una movilización ciudadana en el barrio en torno al muralismo como un nuevo referente identitaria y un instrumento para la reproducción de identidades de resistencia para habitantes urbanos estigmatizados que se levantaron en defensa de la dignidad de su barrio con el propósito de redefinir su posición en la sociedad poblana (Hernández León, 2008: 12).

Sin embargo no tardó mucho que el proyecto despertó el interés de las autoridades municipales, estatales y federales y fue integrado al plan turístico del centro histórico de Puebla como el conector principal entre este y los Fuertes de Loreto y Guadalupe. Al ser absorbido como parte de El Plan de Desarrollo Urbano de Puebla, a Xanenetla se le destinaron recursos para la mejora urbana pero sólo aquella relacionada con el nuevo corredor turístico, beneficiando a la población local únicamente de manera parcial y sin resolver sus problemas socio-residenciales y urbanos más urgentes (Milenio, 14/03/2013; Pérez Soto, 2013; E-CONSULTA, 07/06/2013). El proyecto aumentó la plusvalía de los terrenos en el barrio detonando estrategias de especulación inmobiliaria y atrayendo cadenas de hoteles, bares y restaurantes a las inmediaciones de Xanenetla. Así, el arte urbano en forma de un muralismo colaborativo intensionado para dignificar una de las zonas más marginadas de la ciudad de Puebla está en proceso de ser convertido en una escenografía urbana.

En las políticas públicas el patrimonio y el turismo cultural aparecen frecuentemente como la panacea para lograr un desarrollo sostenible; el entorno histórico es entendido como un producto de consumo evaluado por el número de visitas que recibe en vez por sus valores intrínsecos y las personas que lo produjeron, lo usaron o lo ocupan todavía no resultan relevantes en esta valoración basada en criterios económicos y comerciales (Hernández de León, 2008: 11-14). La mayoría de los planes de desarrollo urbano en México han demostrado un creciente interés por la recuperación de los centros históricos bajo los procesos de globalización de los intercambios financieros, comerciales y culturales y transformarlos en bienes de consumo (Coulomb, 1995: 3); el patrimonio tangible e intangible está de moda y se ha convertido en un recurso de capitalización económica (Hernández León, 2012: 12). Así, como en el caso de Xanenetla, las prácticas culturales espontáneas de los habitantes suelen ser incorporadas como parte de la industria turística, y valoradas por su rentabilidad como espectáculo y desligadas de su significado cultural y sentido social (Muñiz-Montero, 2012: 233). Es de verse, si la fuerza de la nueva identidad local logra resistir y reorganizarse socialmente ante la presión de la economía turística y sus flujos de visitantes en busca de experiencias culturales “domesticadas” y de fácil consumo.

Kurjenoja, A.K., Ismael, M.E. (2015). “Ciudad como imagen: Xanenentla, Puebla, México, la ‘Ciudad Mural’”. Revista Internacional de Humanidades. Vol.4, no.2., pp. 263-280. ISSN: 2253-6825. Disponible en http://lashumanidades.com/_uploads/Rev._Int._Humanidades_4(2),_2015_web.pdf